Política de notables (o no tanto)

Posted onoctubre 14, 2015 
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Kichi

Quienes tengan afición por la historia política del diecinueve español a buen seguro estarán familiarizados con esa interminable saga de nombres ilustres que pueblan nuestros libros de historia, nuestros diarios de sesiones, y hasta nuestros callejeros. Pero probablemente no todos sean conscientes de que, en un sistema político en el que el sufragio estaba restringido de manera tan rigurosa que apenas alcanzaba a unos pocos cientos de miles de españoles, en un periodo de nuestra historia en el que el desarrollo de los partidos apenas llegaba más allá del estrecho marco del parlamento, y en una sociedad en la que solo una exigua minoría participaba en política, esos notables rara vez se representaban más que a si mismos, y sus partidos nunca pasaban de ser minúsculas camarillas cuyas reuniones podían con holgura celebrarse en torno a una simple mesa de camilla.

Quienes, en cambio, tengan afición por la historia política del veintiuno español, seguramente pensarán que la imagen en color sepia de aquellos próceres –hasta la palabra suena anticuada– con su bastón de caoba, su terno de lana y sus mostachos engominados se halla literalmente en las antípodas de las de nuestros políticos de hoy en día, tan informales en el vestir, tan espontáneos en el trato, tan familiarizados con las redes sociales y, lo que es más importante aun, tan hechos a “pisar la calle”. Pero a menudo las apariencias engañan, y a nada que uno rasque sobre la superficie de la noticia y haga abstracción del aspecto de sus protagonistas, habrá de admitir que aquello que no sin sorna de solía llamar “la política de notables” sigue viva y coleando entre nosotros.

Y es además practicada con fruición por quienes más se suponía que debían abominar de ella. Vean si no el sainete de la confluencia de la izquierda que llevan desde hace meses protagonizando los iglesias, los laras, los garzones, y tutti quanti se creen que representan algo en el escenario político a la izquierda del PSOE. Tipos que en su vida han sumado media docena de votos mal contados, a los que no les sonroja presentarse como “candidatos a la presidencia del Gobierno por”; líderes de corrientes de opinión integradas en partidos subsumidos en coaliciones a quienes las encuestas apenas garantizan un tres o un cuatro por ciento de los sufragios, a los que se les llena la boca hablando de la “unidad popular”; cenutrios que después de haber hundido su propio partido, se sacan de la chistera otras siglas con las que hacer borrón y cuenta nueva; tertulianos a tiempo completo persuadidos de que el share de sus programas no cuenta televidentes adormilados sino votantes efectivos; líderes “con una amplia experiencia en organizaciones de base” que solo se atreven a participar en unas primarias bajo el seguro paraguas de las listas avaladas por su líder nacional…

¿Política de notables, en pleno siglo veintiuno? Ya quisiera yo. De suspensos, más bien. Con la asignatura “Sentido de Estado” pendiente para el próximo curso.

Entre la fiesta y la protesta

Posted onoctubre 7, 2015 
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Catalanistas

Si el asunto no fuera verdaderamente serio, habría mandado una amable carta a quienes estos días andan buceando en nuestra historia reciente y remota tratando de delimitar con rigor cuáles son las tradiciones más arraigadas en torno a la festividad del 9 d’Octubre, para sugerirles que dejaran de revolver archivos y desempolvar legajos y se concentraran en lo que de verdad interesa a los valencianos en este día. Que no es sino madrugar lo suficiente como para situarse en el lugar más visible del trayecto por el que más tarde discurrirá la procesión cívica, y verter sobre quienes por él circulen los insultos más obscenos y más hirientes que quepa imaginar. O, en el mejor de los casos, usar en beneficio propio la fiesta de todos los valencianos para hacer patente ante los medios, ante las autoridades y ante el público en general sus particulares cuitas, en forma de pegatina, pancarta, camiseta, banderola o simple grito. De modo que más que de Te Deums e himnos, esa nueva regulación del 9 d’Octubre que nos anuncian esos mismos que se pasaron media legislatura acusando al Partido Popular de estar manoseando nuestros símbolos, de lo que debería ocuparse es de delimitar con exactitud desde qué esquinas se podrá injuriar a los mandatarios de turno, homologar debidamente los insultos que se vayan a usar, y establecer en que fachadas se podrían colgar que cosas.

Porque, no nos engañemos: si algo ha sido el 9 d’Octubre desde que los valencianos recuperamos la democracia y el autogobierno, ha sido una oportunidad para el desahogo, para la ira, y en algunos casos hasta para la violencia. Todo ello en detrimento de una fiesta que debería servir para todo lo contrario: celebrar lo que hemos logrado, reforzar nuestro sentido de pueblo, y lucir con orgullo nuestros símbolos y nuestra historia. El resultado de ello es que la fiesta de todos los valencianos sigue siendo a día de hoy más una oportunidad para la confrontación que para la celebración, sin que ninguna otra de las citas de nuestro calendario festivo –ni del religioso, ni del laico– sirva para compensar esa carencia, y que en consecuencia muchos valencianos opten ese día por pasar la mañana en lugares menos conflictivos.

Pero por desgracia, en esta urgente tarea de dignificar el 9 d’Octubre, ni el trasnochado anticlericalismo del alcalde Ribó empeñándose en que la Reial Senyera no pise suelo sagrado, ni la permanente puesta en cuestión de nuestros símbolos por parte de su partido, son de mucha ayuda. Sí lo sería, en cambio, dignificar nuestras instituciones, abrirlas a todos los valencianos –y no solo a los que comulgan con el credo del gobierno de turno– y, sobre todo, vehicular cauces asequibles y efectivos para la participación política y para la expresión del descontento, que no pasaran necesariamente por ensombrecer la fiesta de todos los valencianos con reivindicaciones –doy por sentado que legítimas, y hasta justas– que mejor harían utilizando los otros 364 días del año para airearse.

Cataluña: que gobierne quien pueda

Posted onseptiembre 30, 2015 
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Artur Mas

Artur Mas llevaba años reclamando un plebiscito sobre la independencia de Cataluña, y es forzoso admitir que al final ha acabado saliéndose con la suya. Después de una campaña en la que todo lo que no girara en torno a la disyuntiva constitución vs. secesión fue quedando cada vez más relegado a un segundo plano; merced a unos índices de participación que ni los mas ancianos del lugar recordaban haber visto; y sobre la base de unos resultados que han castigado severamente a quienes durante todo este tiempo más se habían empeñado en mantenerse de perfil ante la cuestión de la independencia –léase: Unió en la derecha, y Podemos en la izquierda– el resultado del 27S constituye lo más parecido a un referéndum sobre la independencia que se haya celebrado nunca en Cataluña. Y con solo 1.9 millones de votos a favor, sobre un censo de 5.3 millones de electores, forzoso es concluir que Mas lo ha perdido.

Pero sucede que, por el mismo precio, Cataluña celebró el 27S también unas elecciones autonómicas. Unos comicios encaminados –como cualesquiera otros– a determinar la composición de un parlamento, a investir a un Presidente, a delimitar un programa de gobierno, a vertebrar una administración autonómica, a establecer las líneas maestras de un presupuesto, y, en fin, a hacer posible que se gobierne. Solo que nada de eso parece posible a día de hoy en la Cataluña que Mas –¿podemos ya hablar de él en pretérito?– va a dejar en herencia a sus ciudadanos. Además de un partido mermado, una sociedad polarizada, y una administración endeudada, el aventurerismo de Mas nos ha legado un parlamento ingobernable, en el que las profundas líneas de fractura que separan a constitucionalistas de nacionalistas hacen inviable tanto un gobierno de derecha como uno de izquierdas; en el que si aquellos carecen de mayoría para gobernar, éstos –una vez desbaratada, aunque solo sea de manera transitoria, la aventura secesionista–, carecen de programa para hacerlo; y en el que ni siquiera sabemos cuál es el partido de la mayoría, cuál es su líder y con cuantos escaños va a poder contar.

Así las cosas, todo hace presagiar que de aquí a bien poco volverán a sonar en Cataluña voces que pidan unas nuevas elecciones –las cuartas en diez años– a fin de conformar un gobierno viable. Solo que eso sería el pasaporte más seguro para una nueva espiral de polarización en la sociedad catalana, para un nuevo aplazamiento de los graves problemas que la atenazan, y seguramente para una repetición de los resultados –escaño arriba, escaño abajo– del 27S. Porque después de tantos años quejándose de que a Cataluña no la dejaban decidir, lo que salió el domingo de las urnas no fue sino la prueba de que Cataluña esta hoy indecisa.

De modo que toca gobernar. Despertar de la pesadilla identitaria y empezar a preocuparse por los problemas de la gente. Avanzar propuestas, tomar decisiones, cosechar éxitos, asumir errores. Lo normal, en un país normal, que diría Mas.

МАКЕДОНИЈА БЕШЕ ПРЕТСТАВУВАНА КАКО ЛОШО МОМЧЕ ЗА БЕГАЛЦИТЕ, А ВСУШНОСТ ГРЦИЈА БЕШЕ ТОА

Posted onseptiembre 21, 2015 
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Dnevnik 21.09.2015, Portada

Valencianos en el Congreso

Posted onseptiembre 21, 2015 
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Valencianos en el Congreso

Ahora que lo pienso, creo que también a mi me parecería estupendo que en la próxima legislatura pudiera haber un grupo parlamentario valencianista en el Congreso. Un grupo cuyos miembros no respondieran a otras reivindicaciones que las de aquest país y, ya puestos a pedir, alardearan cada vez que se subieran a la tribuna de oradores de sus ocho apellidos valencianos de rigor. Y ello, por al menos dos buenas razones que no se si seré capaz de jerarquizar como es debido. Primero, porque de este modo descubrirían que aunque para poner un problema sobre la mesa basta con tener una voz en la cámara, para solventarlo hace falta contar con el voto de la mayoría, y eso solo está al alcance de quienes son capaces de articular proyectos autenticamente colectivos. Y segundo, porque de este modo la vis cómica de la que ha venido haciendo gala Joan Baldoví desde que pisara por vez primera el Congreso podría por fin tener el eco que se merece. Y es que quienes seguimos de cerca su carrera contamos ya las jornadas que restan para pasar de sus solitarios monólogos tipo Club de la Comedia a las ilimitadas posibilidades de un genuino circo de tres pistas –Congreso, Senado y Corts– en donde no faltarían más que las fieras, ya de entrada vetadas por el alcalde Ribó.

Pero, desgraciadamente, no va a poder ser.

No lo será si Compromís acude a las elecciones en solitario, por la sencilla razón de que para conformar un grupo parlamentario propio el Reglamento del Congreso les va a exigir contar con cinco diputados y haber sumado al menos un 15% de los sufragios en el conjunto de la Comunidad. Y ese es un objetivo que en unas elecciones en donde los ciudadanos tienden a olvidarse de los partidos autonómicos para votar en clave nacional, y en las que Compromís no podrá volver a exprimir “el efecto Oltra” se me antoja muy difícil de alcanzar.

Y lo será mucho menos si Compromís decide acudir en coalición con Podemos, en este caso porque el Reglamento de la cámara baja además de prohibir que constituyan grupos parlamentarios separados los diputados de un mismo partido, establece que tampoco podrán hacerlo “los diputados que, al tiempo de las elecciones, pertenecieran a formaciones políticas que no se hayan enfrentado ante el electorado”. De manera que si Compromis y Podemos se integraran en una misma candidatura para sumar así sus votos, acabarían por fuerza sumando también sus escaños, de modo que incluso los obtenidos por candidatos de Compromís quedarían automáticamente adscritos al grupo de Pablo Iglesias –que es tanto como decir sujetos a su agenda, a su estrategia y, sobre todo, de sus cada vez más recurrentes tics autoritarios.

Cosa que, por cierto, también me parece estupenda: y es que lo de “casarse” en vísperas de las elecciones para “divorciarse” el día después tiene un nombre muy feo. Y al Reglamento del Congreso no le gustan los matrimonios de conveniencia.

El voto de tu vida

Posted onseptiembre 21, 2015 
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El voto de tu vida

Dicen los entendidos –yo, en este asunto, confieso hablar de oído– que la clave para una buena paella reside en tener en fuego en todo momento bajo control, subiéndolo o bajándolo en función de los ingredientes que en cada momento se añadan y del momento de cocción del arroz y, naturalmente, asegurándose de que nunca llegue a apagarse, pero que tampoco se descontrole hasta echar a perder el guiso.

La imagen me ha venido a la mente porque me da la impresión de que eso es exactamente lo que ha estado haciendo Artur Mas con su famoso “Procès” en los cinco interminables años transcurridos desde que llegara a la Presidencia de la Generalitat. Mas ha sido capaz de enervar a una buena parte de su electorado, romper la coalición de la que su partido formaba parte desde 1978, hundirle en el fango de la corrupción y hacer indistinguible su programa del de su principal adversario. Pero, en cambio, ha mostrado una habilidad fuera de lo común a la hora de mantener vivo el “Procès”, echándole más leña cuando parecía que iba a apagarse, pero cuidándose también de que la hoguera no se le fuera de las manos, no fuera a ser que alguien en Madrid decidiera quitarle el polvo al 155 –que, pese a que algunos no capten la diferencia, no es el calibre de un obús sino el número de un artículo de la Constitución.

Ahora, en cambio, parece que la cosa va en serio. “El voto de tu vida” –el lema escogido para su campaña por “Junts pel Sí”– obliga a pensar que se han acabado los tanteos y los faroles, las apelaciones al diálogo, y las retiradas estratégicas, y que las del 27S van a ser –esta vez de verdad–, un punto de no retorno. El principio del fin. La más alta ocasión que vieron los siglos.

Solo que este mismo líder que ahora emplaza a los catalanes a decidir su futuro de una vez por todas es el mismo que tres años atrás convocó elecciones anticipadas, pese a disfrutar ya de una confortable mayoría en el Parlament, para recabar de su electorado un mandato inequívoco a favor de la secesión. El mismo que luego de obtenerlo adujo que éste no era concluyente y debía ser ratificado en un referéndum que mantuvo al país en vilo durante meses. Y, naturalmente, el mismo que al día siguiente de haber presentado el 9N como un triunfo arrollador del independentismo, se sacó de la chistera un nuevo adelanto electoral para –¡adivínenlo!– recabar de los catalanes un mandato inequívoco a favor de la secesión.

Ni el CIS ni yo sabemos que saldrá exactamente de las urnas en la tarde del 27S. Pero al menos un servidor tiene claras dos cosas: que si los del “Junts pel Sí” pierden, no se la envainarán; y que si ganan, no se marcharán. Lo que garantiza, sí o sí, cuatro años más de bronca si Mas pierde. O solo dos, si es que gana.

El alcalde contra la máquina

Posted onseptiembre 9, 2015 
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Zona30

A pesar de los prometedores avances de los ingenieros de Google en la construcción de coches susceptibles de circular sin conductor, lo cierto es que a día de hoy cualquiera que se acerque a uno de los miles de vehículos que circulan por nuestra ciudad y toque con los nudillos sobre el cristal del asiento del conductor, se encontrará al bajarse la ventanilla con el rostro de un ser humano. Vaya: con un individuo dotado –reconozcamos que no siempre en la medida que sería deseable– de razón y sentimiento; con un ciudadano provisto de derechos y sujeto a deberes; con un contribuyente que, antes de haber girado la llave de contacto de su vehículo, ya ha ingresado en las arcas del Estado y de su ayuntamiento un buen puñado de euros en concepto de impuestos y tasas; con un tipo –en suma– camino a su puesto de trabajo, que vuelve de llevar a su suegra al ambulatorio, que acaba de recoger a sus hijos de la escuela, o que se apresura para no llegar tarde a una importante cita de negocios.

Sin duda alguien pensará que esta es una obviedad de tal calibre que no merece ni la tinta ni el papel necesarios para escribirla. Pero a la vista de algunas de las más recientes decisiones del nuevo gobierno municipal del cap i casal, no me parece algo tan evidente. Porque en esa suerte de batalla entre el hombre y la máquina que parece haber emprendido el alcalde Ribó y su excéntrico concejal de “Movilidad Sostenible y Espacio Público” –vulgo: Tráfico– Giuseppe Grezzi, peatonalizando calles, reduciendo carriles para la circulación de vehículos de motor, limitando aun más la velocidad en el centro de la ciudad, y elevando el uso de la bicicleta a la categoría de clave para la salvación del planeta, me da la sensación de que uno y otro han perdido de vista esa verdad tan incontrovertible: que quienes usan los coches son también ciudadanos. Es más: ciudadanos activos para quienes su vehículo constituye una herramienta imprescindible en su tarea de generar riqueza.

¿Porqué, pues, esa cruzada contra el coche? Pues a la vista de la supina endeblez de las razones aducidas –ni Valencia padece índices alarmantes de contaminación, ni nuestro tráfico es más endiablado que el de otras ciudades, ni el número de accidentes en sus calles resulta llamativamente alto– no quedan sino dos posibles explicaciones. Una, la bien obvia de querer hacer caja a costa de los ciudadanos en virtud de la ecuación “a mas normas, más infracciones, a más infracciones más multas, y a más multas más ingresos”. Y otra, la muy inquietante de que hayamos caído en las manos de una pareja de socialistas utópicos, herederos ideológicos de aquellos que en vísperas de la revolución industrial abogaban por destruir las máquinas que privaban a los artesanos de su sustento, alteraban el orden social y perturbaban la sosegada vida de nuestros tatarabuelos.

“Repensar Valencia”, sugieren. Pero, mientras, parecen querernos llevar de vuelta al siglo XIX.

Aparisi y Guijarro

Posted onmarzo 25, 2015 
Filed under Publicado en ABC (Comunidad Valenciana) | Dejar un comentario

Aparisi

¿Se sorprenderían si les dijera que Pablo Iglesias revolucionó anoche el debate de La Sexta diciendo que “el parlamentarismo no es más que una farsa, que cuesta mucho, divierte poco, y corrompe muchísimo”? ¿Y que Albert Rivera ha señalado en una reciente rueda de prensa: “¿Hay elecciones? Las quiero libres. ¿Ha de haber diputados? Los quiero de todo punto independientes. ¿Tenemos diputados de todo punto independientes? Pues yo los quiero incorruptibles”?

¿Les extrañaría que Esperanza Aguirre hubiera propuesto imitar a los ingleses “en una cosa, en una sola: en respetar la memoria de nuestros padres… siglo que quiera que los venideros le respeten, respete a los pasados”? ¿O que en defensa de su nueva Ley de Señas de Identidad Alberto Fabra hubiera declarado que “Valencia sin sus tradiciones sería como un pueblo salido del hospicio”?

¿Me creerían si les dijera que un militante de Podemos decepcionado con sus líderes acaba de escribir anónimamente en un foro de internet que “en las revoluciones solo hay dos clases de gentes: los que las hacen y los que las explotan”? ¿Y que el Papa Francisco acaba de escribir en su primera encíclica que: “Cuando el Hombre-Dios nos dijo ‘sed buenos’, nos dijo ‘sed libres’. Por eso tenemos hasta la obligación de ser libres los cristianos. ¿No nos creó Dios en su semejanza? Pues Dios no pudo querer que besáramos como siervos el pie de un déspota o adulásemos como siervos la ira del populacho”?

Pues si así fuera, no les podría tachar de disparatados, pero a pesar de ello se equivocarían de plano. Porque el autor de esas reflexiones –unas clarividentes, otras osadas, todas profundas– hace mucho que duerme el sueño de los justos. Se llamaba Antonio Aparisi y Guijarro, y era hijo de esta tierra. Fue diputado y senador, jurisconsulto y poeta, dramaturgo y orador. Siguió a su Rey hasta el exilio y, de vuelta en España, murió en el mismísimo hemiciclo parlamentario. Y si en este país no tuviéramos a la vez la izquierda mas revanchista y la derecha mas acomplejada de Europa, a buen seguro habría sido objeto de un homenaje, hoy –este domingo– que se cumplen los doscientos años de su nacimiento.

Diez años de la gran ampliación hacia el Este de la Unión Europea: un balance necesario

Posted onmarzo 24, 2015 
Filed under Publicado en la revista "Diplomacia Siglo XXI" | Dejar un comentario

Szabadsag

El 1 de mayo de 2014 se cumplieron diez años desde que en el 2004 se materializara la gran ampliación hacia el este de la Unión Europea, que se tradujo en el ingreso de diez nuevos socios –la República Checa, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta y Polonia– en el club comunitario, a los que en 2007 seguirían Bulgaria, y Rumania.

El hecho de que la Unión se hallara –y se halle aun– sumida en una crisis económica sin precedentes, y que de la mano de ella le haya sido diagnosticada otra de sus ya crónicas crisis de identidad, llamada a poner en cuestión una vez más el proyecto europeo, supuso que este aniversario llegara en un momento de escasa predisposición para las celebraciones. Pero si no a fuegos artificiales, este aniversario sí que debería al menos invitar a reflexiones y balances. Una década es tiempo suficiente como para ensayar una evaluación global de cuanto ha sucedido en los nuevos Estados miembros de la Unión desde su incorporación a ésta, a fin de avizorar si sus expectativas de aquel momento se han visto satisfechas, y si lo han sido también las que en su día movieron a la Unión Europea para abrir sus puertas hacia el este. Una evaluación que pase por analizar cuál ha sido el papel de estos países en la vida política e institucional de la Unión, su nivel de integración en sus procesos decisorios, y sus aportaciones a la determinación de su rumbo político; por identificar los principales puntos de fricción surgidos entre ellos y Bruselas; por cuantificar el grado de su crecimiento económico y, finalmente, por apreciar en qué medida las actitudes políticas de sus ciudadanos han variado o no –y si lo han hecho, en qué sentido– respecto del rumbo del proyecto europeo.

Puestos a esa tarea, lo primero que salta a la vista es la dificultad de la pretensión. Si es cosa sabida que los países de la Europa del Este permanecieron desde mediados de los años cuarenta hasta finales de los ochenta sometidos a un régimen político intensamente homogeneizador, y que también su emancipación de ese sistema de verificó merced a procesos estrechamente interrelacionados, el análisis de la trayectoria de los Estados postcomunistas en el seno de la Unión revela que éstos en modo alguno se han comportado dentro de ella como el bloque homogéneo que en otro tiempo fueron. Los países del llamado “Bloque del Este” dejaron de ser tales el momento mismo de su ingreso en la Unión, y como consecuencia de ello han venido siguiendo políticas abiertamente distintas, alineándose en bandos a menudo contrapuestos, y manteniendo prioridades diferenciadas en función de sus peculiares sistemas productivos, su propio historial de alianzas, o sus distintas prioridades políticas. A lo sumo cabría identificar como comunes algunas preocupaciones compartidas derivadas de su misma posición geográfica –su interés por la Política de Vecindad–, o de su endémica dependencia energética –su interés por cuanto se refiera a las cuestiones de seguridad en el suministro de energía–, o de sus amargas experiencias en lo tocante a las relaciones con Rusia –su apuesta por el fortalecimiento de la seguridad europea y su inquebrantable compromiso con el vínculo transatlántico.

Junto a ello, el análisis de la trayectoria de los nuevos Estados miembros de la Unión en esta su primera década en ella trasluce otros dos rasgos comunes, derivados de una parte de su condición de Estados de tamaño pequeño o intermedio, y de otra de su condición de democracias de reciente consolidación. De una parte, el interés por labrarse sus propios nichos de influencia en algunos muy concretos ámbitos de la política europea, y de otra su constatable interés por estar a la altura de las circunstancias en lo tocante a la asunción de sus responsabilidades como Estado miembro. Si lo segundo quedó patente en las seis ocasiones ya en las que alguno de estos Estados hubo de asumirla presidencia semestral del Consejo –afrontando con fortuna a veces dispar, pero con estimable profesionalidad, la tarea de pilotar la nave de la Unión–, lo primero ha quedado puesto de relieve por el paulatino decantamiento de las políticas europeas de cada uno de los nuevos Estados miembros, que ha permitido atisbar las prioridades de cada uno de ellos y su interés por emerger como actores influyentes en esos concretos ámbitos.

Dicho esto, quizás no estaría de más subrayar también aquello que, por el contrario, se ha echado a faltar en estos diez años de andadura en la Unión. La menor madurez democrática de los nuevos Estados miembros, susceptible de traducirse en enfrentamientos interinstitucionales, administraciones ineficaces, sistemas de partidos inestables, electorados abstencionistas, o liderazgos carismáticos, hizo presagiar a más de uno que la ampliación de la Unión iba a contribuir de manera peligrosa a la desestabilización del conjunto del edificio comunitario. Diez años más tarde, sin embargo, la profecía dista de haberse cumplido. Y ello no tanto porque la Unión haya resuelto sus problemas, como por el hecho de que en éstos la responsabilidad de los nuevos Estados miembros no sea sino la que por un simple cálculo probabilístico les correspondería asumir. Si es cierto que la ratificación de Lisboa pendió durante meses del hilo que sostenían los Presidentes de la República Checa y de Polonia, no lo es menos que el desacarrilamiento del Tratado Constitucional no se gestó sino en dos “viejas” democracias como Francia y Holanda; de mismo modo que la crisis del euro no la han producido las dificultades financieras de Eslovenia o Hungría –ambas en vías de superación– sino las de Grecia, Irlanda, Portugal y –por poco– España; o que si Rumania ha afrontado una crisis institucional tras otra en la última década, lo mismo ha venido sucediendo en Italia. En suma: que tampoco en lo tocante a la generación de problemas los países del antiguo bloque del Este han querido comportarse como un solo hombre, adoleciendo en este punto de las mismas miserias, pero no muchas más, que los más veteranos socios comunitarios.

Islandia como síntoma

Posted onmarzo 14, 2015 
Filed under Publicado en El País (secc. Internacional) | Dejar un comentario

bandera-islandia

Con una agenda ampliadora tan repleta de candidatos –unos efectivos, otros potenciales, y otros tan solo vecinos con aspiraciones de ir a más– como trufada de problemas –el giro en la política exterior turca, el veto griego a Macedonia, el problema de Kosovo, o el melón sin abrir de Bosnia, por citar solo unos cuantos–, la retirada de la candidatura islandesa anunciada ayer por el ejecutivo de Reikiavik podría incluso ser recibida con alivio en Bruselas. Un poco como cuando aquel primo lejano nos anunció que no podría acudir a nuestra boda: le habíamos invitado de corazón, nos gustaría haberlo tenido con nosotros en tan señalado día… Pero ¡que caramba!: eso que nos ahorramos en un banquete que ya se nos estaba yendo de las manos.

Del mismo modo, con una agenda política tan desbordada como la actual por urgencias de todo tipo –la crisis del euro, el desafío de Syriza, el polvorín de Ucrania, o la deriva autoritaria en Rusia por citar, de nuevo, solo los más salientes–, que una isla perdida en mitad del Atlántico norte, con menos habitantes que Malta y un PIB parejo al de Malawi haya decidido mantener sus relaciones con la Unión en los términos en los que éstas estaban ya planteadas, no debería entrañar el más mínimo contratiempo, y menos aun ser visto como algo susceptible de hacer sonar las alarmas en el club comunitario.

Y mas todavía teniendo en cuenta que se trataba de un desenlace en extremo previsible. Formalizada en respuesta a la grave crisis financiera que puso al país al borde del colapso en el 2008, pero falta desde el primer momento del necesario consenso entre las principales fuerzas del arco parlamentario, el entusiasmo de los islandeses por la adhesión se fue desinflando conforme el país empezó a recuperarse económicamente, y su candidatura quedó herida de muerte desde el momento en que los liberales del Partido del Progreso y los conservadores del Partido de la Independencia relevaron a los Socialdemócratas en el gobierno de la isla en el 2013.

Pero aun así, sería un tremendo error que la Unión Europea no extrajera conclusiones del giro islandés. Aun siendo desde casi todos los puntos de vista insignificante, la candidatura islandesa servía cuando menos para acreditar que la Unión no solo era capaz de atraer a países de democratización reciente e incierta, economía endeble, y posición internacional problemática, sino también a democracias modélicas y sobradamente consolidadas, con economías pujantes y elevados niveles de vida, y con una seguridad internacional garantizada. De manera que su retirada, sumada a la de Noruega en 1994, y a la persistente negativa de Suiza a adherirse a la Unión obliga ineludiblemente a interrogarse ¿para qué ciudadanos y para qué tipo de países resulta atractiva, a día de hoy, la Unión Europea?

Y la respuesta a ello es, hoy, mas inquietante que ayer.

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