Adéu, Convergència, adéu

Posted on julio 13, 2016 
Filed under Publicado en el diario Las Provincias

PDC

Convergència Democràtica de Catalunya ha muerto. El óbito se produjo el pasado viernes con ocasión del 18º Congreso del partido, que el próximo mes de noviembre habría cumplido 42 años; y ha sobrevenido tras una larga enfermedad cuyos primeros síntomas se hicieron patentes en el 2012, y en el transcurso de la cual había perdido buena parte de su identidad, de su memoria, de sus votos, de sus aliados, y hasta de su patrimonio. La fallecida estuvo acompañada hasta su último suspiro por su primogénito Artur Mas, que permaneció en todo momento indiferente a los insistentes rumores sobre su implicación en la muerte del partido. Estuvieron en cambio ausentes su anciano padre Jordi Pujol –que a pesar de seguir gozando de buena salud, se deja ver en público cada vez menos– y su hermano menor Josep Antoni Durán i Lleida, en paradero desconocido desde que perdiera su escaño en diciembre del pasado año. No son previsibles manifestaciones de duelo en lugar alguno de Cataluña, y solo la Monja Caram ha encargado –sin mucha convicción, por otra parte– unas misas por su eterno descanso.

Bromas aparte, lo cierto es que la disolución de Convergència va a ser llorada por muy pocos en Cataluña, y por casi nadie en el resto de España. El otrora ‘pal de paller’ del nacionalismo catalán hacía tiempo que había devenido en una formación descabezada  –nadie sabe a ciencia cierta quien manda en ella–, desnaturalizada –ha concurrido a cada una de las cuatro últimas citas electorales con unas siglas distintas–, desnortada –su famosa hoja de ruta ha sido ya descrita como la rueda de un hámster–, descapitalizada –su sede esta embargada, y su deuda es estratosférica–, desbordada –por la competencia de quienes desde la derecha le roban su electorado más conservador, y desde la izquierda le arrebatan la bandera del independentismo– y hasta desmoralizada –por sus continuos escándalos de corrupción–, a la que todavía le aguarda el golpe de gracia de quedarse sin grupo parlamentario en Madrid por primera vez en su historia.

Pero para quienes podemos presumir de una cierta perspectiva en el análisis de nuestra historia más reciente, la desaparición de Convergència nos ha de dejar cierto un poso de amargura. Y es que durante muchos años –de hecho, durante sus mejores años– Convergència fue un factor de estabilidad en Cataluña, y una pieza fundamental para su engarce con el resto de España: fue la formación que comprometió –no sé si sincera, o hipócritamente– al nacionalismo con el autonomismo, quien brindó sentido al proceso de construcción de la España de las Autonomías, quien vertebró políticamente a la clase media de Cataluña, quien sostuvo –otra cosa es a qué precio– a cuantos gobiernos precisaron de sus votos, y hasta quien brindó un ejemplo de pragmatismo y moderación a otros nacionalismos más montaraces. Esa es la Convergència a la que, desde una sustancialísima discrepancia, echaremos de menos en el futuro. De hecho, la que ya llevábamos años echando de menos.

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