Sus Señorías no escriben a los Reyes Magos

Posted on diciembre 2, 2015 
Filed under Publicado en el diario Las Provincias

Compromis 3

Diciembre es el mes de las ilusiones: para los más pequeños, porque son los días en los que ponen a puntos sus méritos y afinan su caligrafía mientras deciden que pedirán en su carta a los Reyes Magos; y para los más mayores, porque son las semanas de inquieta espera que preceden al sorteo de Navidad en el que cualquier hijo de vecino confía para dejar atrás sus estrecheces.

Diciembre es el mes de las ilusiones: para todos… menos para nuestros diputados, para los que los trescientos sesenta y cinco días del año son Navidad. Y es que para Sus Señorías no es menester esperar la llegada de Sus Majestades para formular un deseo. ¿Para qué esperar la llegada de unos ancianos a lomos de camello que solo nos visitan una vez al año, cuya mera existencia es discutida y discutible, y cuya capacidad para materializar nuestros deseos oscila al ritmo de la crisis y del IPC, cuando es infinitamente más fácil endosarle al Gobierno, al Consell o al mismísimo Espíritu Santo la tarea de hacer posibles nuestros deseos? ¿Para que comprar un décimo de lotería, cuando es más senciillo redactar una Proposición no de ley?

Se las regula en el Título IX del Reglamento de Les Corts Valencianes, pueden ser presentadas por cualquier grupo parlamentario, sirven para que la cámara se posicione sobre cualquier asunto que afecte de un modo más o menos remoto a los ciudadanos de la Comunidad Valenciana –incluso (o quizás especialmente) cuando no sea competencia de la Generalitat– y son usadas con tanta fruicción por Sus Señorías que solo en el pleno de la pasada semana se tramitaron cinco: sobre el Port Mediterrani, sobre la promoción del profesorado universitario; sobre el ajuste entre la capacidad económica de los contribuyentes y la presión fiscal; sobre respeto al sistema constitucional vigente, y sobre la financiación de las ayudas para el pago de la factura del consumo energético. Temas diversos a más no poder, pero unidos por un nexo común: que en todos los casos se trataba de instar a otras instituciones –al Consell, al Congreso, al Gobierno– a legislar, o a financiar, o a tomar medidas. Lo que en el lenguaje de la calle se llama pasar la patata caliente a otro.

Visto lo visto, diríase que nuestros diputados no deben tener mucha faena, toda vez que parecen disponer de tiempo de sobra para invertirlo instruyendo a otros –presumo que tan celosos como ellos de sus obligaciones– sobre qué deberían hacer. Y que tampoco parecen tener muy claro que es eso de la división de poderes, o el reparto de competencias. ¿O tal vez sea que es más fácil descargar sobre los hombros de otras instituciones las responsabilidades que uno podría estar asumiendo, con sus propios fondos y bajo su propia responsabilidad? ¿Y más rentable políticamente esperarse sentado a ver como otros lo intentan, para si el resultado es exitoso, apuntarse el mérito de la idea, y si no lo es, echarles en cara su deficiente implementación?

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