150 valencianos, 150 años

Posted on noviembre 25, 2015 
Filed under Publicado en el diario Las Provincias

La huella

“La huella de 150 valencianos”, el magnífico libro con el que Las Provincias nos obsequió días atrás al hilo del 150 aniversario de su aparición, constituye a la vez un placer para los sentidos y un impagable documento histórico. Lo primero, por las geniales ilustraciones –uno casi se siente tentado de decir “instantáneas”– de Luis Lonjedo; y lo segundo, por la excelente tarea de selección de los homenajeados llevada a cabo por Pablo Salazar y las también acertadas –y a menudo brillantes– glosas de sus figuras llevadas a cabo por otros tantos valencianos, esta vez de nuestro tiempo. Pero, además, constituye una excelente materia prima para una siempre oportuna reflexión en torno a cómo somos y qué hemos sido los valencianos, y sobre qué hemos aportado de bueno a la historia de nuestro país –y, ya puestos, de la humanidad– a lo largo de este último siglo y medio. Y a este respecto, el balance resulta agridulce.

Cierto: valencianos como Concha Piquer, Nino Bravo o Camilo Sesto han venido poniendo durante décadas la banda sonora con la que España entera y buena parte de América se ha enamorado y se ha desmelenado; valencianos como Ricardo Tormo o Juan Carlos Ferrero levantaron a media España de sus asientos un domingo tras otro a golpe de raqueta o de acelerador; y valencianos como Manuel Sáez Merino, Silvestre Segarra, Juan Roig o Luis Suñer han venido vistiendo, calzando, alimentando y hasta refrescando a un país en el que la mitad de sus ciudadanos adultos cuentan en sus bibliotecas con “Viento del pueblo” y la otra mitad con la “La boda del señor cura”. Y paso por alto los tópicos de todos conocidos sobre la incontestable universalidad de Blasco Ibáñez, Joaquín Sorolla o Santiago Calatrava.

Pero llegado el momento de hablar de política –que es como decir de influencia, de liderazgo, y de poder– el panorama pinta muy diferente. No es que la Comunidad Valenciana no haya producido, y en cantidad, políticos de todo signo. Es que la mayor parte de ellos –Rincón de Arellano, Rita Barberá, González Lizondo…– no pudieron o no quisieron traspasar en su carrera las fronteras de la tierra que les vió nacer; o si lo hicieron –Lucia, Lerma, Zaplana…–, fue de manera tan breve que apenas llegaron a dejar un legado como políticos de talla nacional; o si lo pudieron dejar, éste acabó truncado por la incomprensión –Aparisi– o la tragedia –Broseta– demasiado temprano.

Así las cosas, me sorprendería que hubiera un solo español que no fuera catedrático de Historia que pudiera recordar la última vez que este país tuvo a un valenciano como Presidente del Gobierno. Aunque, bien mirado, tampoco haría mucha falta: torrevejense de nacimiento, a Joaquín Chapaprieta le dio tiempo de ser diputado por Murcia, Granada y La Coruña antes de serlo por su propia tierra, pero apenas presidió el Gobierno de la II República durante 81 convulsos días. Poco incluso para ser uno de los 150 valencianos más ilustres del último siglo y medio.

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