El alcalde contra la máquina

Posted on septiembre 9, 2015 
Filed under Publicado en el diario Las Provincias

Zona30

A pesar de los prometedores avances de los ingenieros de Google en la construcción de coches susceptibles de circular sin conductor, lo cierto es que a día de hoy cualquiera que se acerque a uno de los miles de vehículos que circulan por nuestra ciudad y toque con los nudillos sobre el cristal del asiento del conductor, se encontrará al bajarse la ventanilla con el rostro de un ser humano. Vaya: con un individuo dotado –reconozcamos que no siempre en la medida que sería deseable– de razón y sentimiento; con un ciudadano provisto de derechos y sujeto a deberes; con un contribuyente que, antes de haber girado la llave de contacto de su vehículo, ya ha ingresado en las arcas del Estado y de su ayuntamiento un buen puñado de euros en concepto de impuestos y tasas; con un tipo –en suma– camino a su puesto de trabajo, que vuelve de llevar a su suegra al ambulatorio, que acaba de recoger a sus hijos de la escuela, o que se apresura para no llegar tarde a una importante cita de negocios.

Sin duda alguien pensará que esta es una obviedad de tal calibre que no merece ni la tinta ni el papel necesarios para escribirla. Pero a la vista de algunas de las más recientes decisiones del nuevo gobierno municipal del cap i casal, no me parece algo tan evidente. Porque en esa suerte de batalla entre el hombre y la máquina que parece haber emprendido el alcalde Ribó y su excéntrico concejal de “Movilidad Sostenible y Espacio Público” –vulgo: Tráfico– Giuseppe Grezzi, peatonalizando calles, reduciendo carriles para la circulación de vehículos de motor, limitando aun más la velocidad en el centro de la ciudad, y elevando el uso de la bicicleta a la categoría de clave para la salvación del planeta, me da la sensación de que uno y otro han perdido de vista esa verdad tan incontrovertible: que quienes usan los coches son también ciudadanos. Es más: ciudadanos activos para quienes su vehículo constituye una herramienta imprescindible en su tarea de generar riqueza.

¿Porqué, pues, esa cruzada contra el coche? Pues a la vista de la supina endeblez de las razones aducidas –ni Valencia padece índices alarmantes de contaminación, ni nuestro tráfico es más endiablado que el de otras ciudades, ni el número de accidentes en sus calles resulta llamativamente alto– no quedan sino dos posibles explicaciones. Una, la bien obvia de querer hacer caja a costa de los ciudadanos en virtud de la ecuación “a mas normas, más infracciones, a más infracciones más multas, y a más multas más ingresos”. Y otra, la muy inquietante de que hayamos caído en las manos de una pareja de socialistas utópicos, herederos ideológicos de aquellos que en vísperas de la revolución industrial abogaban por destruir las máquinas que privaban a los artesanos de su sustento, alteraban el orden social y perturbaban la sosegada vida de nuestros tatarabuelos.

“Repensar Valencia”, sugieren. Pero, mientras, parecen querernos llevar de vuelta al siglo XIX.

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