Diez años de la gran ampliación hacia el Este de la Unión Europea: un balance necesario

Posted on marzo 24, 2015 
Filed under Publicado en la revista "Diplomacia Siglo XXI"

Szabadsag

El 1 de mayo de 2014 se cumplieron diez años desde que en el 2004 se materializara la gran ampliación hacia el este de la Unión Europea, que se tradujo en el ingreso de diez nuevos socios –la República Checa, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta y Polonia– en el club comunitario, a los que en 2007 seguirían Bulgaria, y Rumania.

El hecho de que la Unión se hallara –y se halle aun– sumida en una crisis económica sin precedentes, y que de la mano de ella le haya sido diagnosticada otra de sus ya crónicas crisis de identidad, llamada a poner en cuestión una vez más el proyecto europeo, supuso que este aniversario llegara en un momento de escasa predisposición para las celebraciones. Pero si no a fuegos artificiales, este aniversario sí que debería al menos invitar a reflexiones y balances. Una década es tiempo suficiente como para ensayar una evaluación global de cuanto ha sucedido en los nuevos Estados miembros de la Unión desde su incorporación a ésta, a fin de avizorar si sus expectativas de aquel momento se han visto satisfechas, y si lo han sido también las que en su día movieron a la Unión Europea para abrir sus puertas hacia el este. Una evaluación que pase por analizar cuál ha sido el papel de estos países en la vida política e institucional de la Unión, su nivel de integración en sus procesos decisorios, y sus aportaciones a la determinación de su rumbo político; por identificar los principales puntos de fricción surgidos entre ellos y Bruselas; por cuantificar el grado de su crecimiento económico y, finalmente, por apreciar en qué medida las actitudes políticas de sus ciudadanos han variado o no –y si lo han hecho, en qué sentido– respecto del rumbo del proyecto europeo.

Puestos a esa tarea, lo primero que salta a la vista es la dificultad de la pretensión. Si es cosa sabida que los países de la Europa del Este permanecieron desde mediados de los años cuarenta hasta finales de los ochenta sometidos a un régimen político intensamente homogeneizador, y que también su emancipación de ese sistema de verificó merced a procesos estrechamente interrelacionados, el análisis de la trayectoria de los Estados postcomunistas en el seno de la Unión revela que éstos en modo alguno se han comportado dentro de ella como el bloque homogéneo que en otro tiempo fueron. Los países del llamado “Bloque del Este” dejaron de ser tales el momento mismo de su ingreso en la Unión, y como consecuencia de ello han venido siguiendo políticas abiertamente distintas, alineándose en bandos a menudo contrapuestos, y manteniendo prioridades diferenciadas en función de sus peculiares sistemas productivos, su propio historial de alianzas, o sus distintas prioridades políticas. A lo sumo cabría identificar como comunes algunas preocupaciones compartidas derivadas de su misma posición geográfica –su interés por la Política de Vecindad–, o de su endémica dependencia energética –su interés por cuanto se refiera a las cuestiones de seguridad en el suministro de energía–, o de sus amargas experiencias en lo tocante a las relaciones con Rusia –su apuesta por el fortalecimiento de la seguridad europea y su inquebrantable compromiso con el vínculo transatlántico.

Junto a ello, el análisis de la trayectoria de los nuevos Estados miembros de la Unión en esta su primera década en ella trasluce otros dos rasgos comunes, derivados de una parte de su condición de Estados de tamaño pequeño o intermedio, y de otra de su condición de democracias de reciente consolidación. De una parte, el interés por labrarse sus propios nichos de influencia en algunos muy concretos ámbitos de la política europea, y de otra su constatable interés por estar a la altura de las circunstancias en lo tocante a la asunción de sus responsabilidades como Estado miembro. Si lo segundo quedó patente en las seis ocasiones ya en las que alguno de estos Estados hubo de asumirla presidencia semestral del Consejo –afrontando con fortuna a veces dispar, pero con estimable profesionalidad, la tarea de pilotar la nave de la Unión–, lo primero ha quedado puesto de relieve por el paulatino decantamiento de las políticas europeas de cada uno de los nuevos Estados miembros, que ha permitido atisbar las prioridades de cada uno de ellos y su interés por emerger como actores influyentes en esos concretos ámbitos.

Dicho esto, quizás no estaría de más subrayar también aquello que, por el contrario, se ha echado a faltar en estos diez años de andadura en la Unión. La menor madurez democrática de los nuevos Estados miembros, susceptible de traducirse en enfrentamientos interinstitucionales, administraciones ineficaces, sistemas de partidos inestables, electorados abstencionistas, o liderazgos carismáticos, hizo presagiar a más de uno que la ampliación de la Unión iba a contribuir de manera peligrosa a la desestabilización del conjunto del edificio comunitario. Diez años más tarde, sin embargo, la profecía dista de haberse cumplido. Y ello no tanto porque la Unión haya resuelto sus problemas, como por el hecho de que en éstos la responsabilidad de los nuevos Estados miembros no sea sino la que por un simple cálculo probabilístico les correspondería asumir. Si es cierto que la ratificación de Lisboa pendió durante meses del hilo que sostenían los Presidentes de la República Checa y de Polonia, no lo es menos que el desacarrilamiento del Tratado Constitucional no se gestó sino en dos “viejas” democracias como Francia y Holanda; de mismo modo que la crisis del euro no la han producido las dificultades financieras de Eslovenia o Hungría –ambas en vías de superación– sino las de Grecia, Irlanda, Portugal y –por poco– España; o que si Rumania ha afrontado una crisis institucional tras otra en la última década, lo mismo ha venido sucediendo en Italia. En suma: que tampoco en lo tocante a la generación de problemas los países del antiguo bloque del Este han querido comportarse como un solo hombre, adoleciendo en este punto de las mismas miserias, pero no muchas más, que los más veteranos socios comunitarios.

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