Solo puede quedar uno en pie

Posted onseptiembre 7, 2016 
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Rajoy y Sanche

Cuando en diciembre del pasado año los electores hicieron patente su voluntad de dejar atrás el bipartidismo que había dominado la vida política de nuestro país en las cuatro décadas anteriores, muchos saludaron la noticia con regocijo. Los españoles acababan de poner fin –dijeron– a la era de las mayorías absolutas, con sus secuelas de corrupción, presidencialismo, centralización y hasta abuso de poder, y ante nosotros se abría un escenario nuevo, en el que el legislativo recuperaría su protagonismo frente al ejecutivo, y en el que el rodillo parlamentario dejaría paso al diálogo, aunque solo fuera porque las leyes y los gobiernos que las aplicaran habrían de salir del pacto y sostenerse en el pacto.

Algunos, en cambio, saludamos este nuevo panorama con algo menos de alegría, mucha más precaución, y una cierta dosis de escepticismo. Y es que para que ese escenario aparentemente idílico de diálogo y negociación echara verdaderamente a andar, hacía falta no solo que la aritmética parlamentaria obligara a ello –eso, ya había corrido de cuenta de los electores– sino también que los actores políticos estuvieran preparados para ello –algo que, por el contrario, escapaba y escapa de la capacidad de decisión de los votantes, que pueden, sí, incrementar o reducir la cuota de poder de un partido pero no cambiar de la noche a la mañana su cultura política, su modelo de liderazgo, o su estrategia de acción.

Y el tiempo –diez meses apenas: tampoco ha hecho falta mucho– nos ha dado la razón. La rotunda negativa de Pedro Sánchez –ese hombre literalmente pegado a un “no”; a una negación superlativa e infinita, mayor que un elefante boca arriba, que el espolón de una galera, y que una pirámide de Egipto, por parafrasear a Góngora– a la hora de consentir la investidura del candidato que había logrado amasar el respaldo de 170 diputados, nos aboca no solo a unas nuevas elecciones en diciembre, sino sobre todo a un abrupto retorno a las viejas formas de hacer polítcia que creíamos haber dejado atrás.

Y es que mientras pactar y traicionar sean términos sinónimos, mientras tener vocación de bisagra equivalga a carecer de identidad propia, y mientras la posición de un partido se determine a partir de la obviedad de que quienes votaron por sus siglas no lo hicieron para que otro gobernara el país, no habrá más fórmula para la formación de un gobierno que la bien sabida de alcanzar la mayoría absoluta que garantiza una investidura sin sorpresas. Sin sorpresas, y también sin debate, sin negociación, y sin cesiones.

Así las cosas, no solo estoy persuadido de que las hasta hace poco impensables terceras elecciones son una realidad casi al alcance de los dedos, sino que incluso me atrevería a prever unos cuartos y hasta unos quintos comicios. Los que hagan falta hasta que alguien llegue por sus propios medios a los 176 escaños. Esto ya no es la política, sino la guerra. Y solo puede quedar uno en pie.

Un dilema engañoso

Posted onagosto 30, 2016 
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Rajoy

Lo sostienen los políticos de uno y otro partido y lo argumentan los columnistas del más diverso pelaje; lo discuten con acaloramiento los tertulianos de la tele y con indolencia los parroquianos del bar de la esquina; lo dice la cajera del super, y seguramente también el vecino del quinto. Pero para mí, que siempre he desconfiado de estas avasalladoras unanimidades, la disyuntiva “O Rajoy, o elecciones”, me parece en el mejor de los casos desenfocada, y en el peor, un auténtico engaño. Porque la verdadera disyuntiva a la que se enfrenta el Congreso esta semana no es investir a Rajoy ahora o abocar al país a unas elecciones en Navidad, sino investir a Rajoy ahora …o tener que hacerlo dentro de cinco meses.

Como quedó demostrado el 26 de junio, las preferencias políticas de los españoles están a estas alturas determinadas con claridad más que meridiana. E igual que en esos comicios el orden de prelación de los cuatro principales partidos no se alteró respecto del salido de las elecciones de diciembre de 2015, es harto improbable que de aquí al próximo mes de diciembre las cosas fueran a cambiar de una manera sustancial. Y si lo hicieran, sería con toda probabilidad para aumentar –como ya sucedió en junio– la ventaja del Partido Popular sobre las demás formaciones políticas del país, y para solidificar aun más el liderazgo –es una manera de hablar– de Mariano Rajoy. Dicho en otras palabras: que la tan temida y cada vez mas cercana repetición de los comicios nos colocaría frente a un mapa político que sería sustancialmente idéntico –escaño arriba, escaño abajo– al que ahora tenemos delante, y que colocaría al Partido Socialista exactamente ante el mismo dilema al que ahora se halla confrontado: el de facilitar la investidura del líder popular, o condenar al país a unas cuartas elecciones. Que a la vista de la terquedad de su líder, me parecen ahora más probables de lo que hace dos meses me lo parecían las terceras.

Naturalmente, podría equivocarme. Pero en ese caso querría que todos los que desean abocarnos a unas terceras elecciones –que vendrán a ser todos aquellos que voten “no” a Mariano Rajoy, por la sencilla razón de que es ese “no” el que activa la cuenta atrás para unos nuevos comicios– nos explicaran qué es exactamente lo que esperan de una nueva cita con las urnas. Cual creen que va a ser el panorama que va a salir de ella, y qué ventajas esperan encontrar en él respecto del que arrojó el 26 de junio. Más que nada, para que los ciudadanos podamos carcajearnos de la candidez de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias si es que su previsión es la de ganar limpiamente esas elecciones. O para que podamos asombrarnos de su egoísmo, si es que su única aspiración es que Papá Noel les regale media docenita de escaños más de los que ya tienen.

¿Muy tontos, o demasiado listos? Ese sí que es un dilema interesante.

El gordo bocazas

Posted onagosto 24, 2016 
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Gordo

Quienes no estén muy puestos en quién es quién del mundo ‘abertzale’ seguramente ignorarán que en sus tiempos de clandestinidad el ahora líder de Bildu, Arnaldo Otegui, era conocido con el alias de “El Gordo”. La verdad es que viniendo de una tierra en donde el cruce entre la genética y la gastronomía produce por regla general tipos de complexión más bien robusta, llamarle gordo a un ‘chicarrón del norte’ como Otegui me parece un tanto exagerado. Claro, que no tanto como llamarle –como hizo Pablo Iglesias– “un hombre de paz”.

En cambio, decir que Arlando Otegui es un auténtico bocazas me parece no solo justo, sino hasta necesario. Ya se sabe que los políticos –y Otegui pretende serlo, al menos desde que su paso por la cárcel le hizo ver la conveniencia de abandonar su anterior empleo como secuestrador– se dedican a hablar y hablar, repitiendo las mismas ideas una y otra vez al objeto llevar el debate público hasta el terreno que les resulta más propicio. Pero lo de Otegui, ora lloriqueando porque el aparato represivo del Estado porfía para que no sea candidato, ora chuleándose de que no va a haber policía ni guardia civil que le impida serlo, ora amenazándonos con todo tipo de consecuencias si eso llega a suceder, rebasa lo soportable.

Y es que la cosa es sencilla: para ser candidato hace falta tener la condición legal de elegible, y esa condición no va aparejada sin más a la de ciudadano. El Derecho priva de esa privilegiada condición a muchos individuos a los que considera demasiado inmaduros –los menores–, demasiado indignos –los condenados– o demasiado parciales –los que ostentan otros cargos públicos– como para ejercerla. Y Otegui se encuentra en el segundo de los casos, por la muy convincente razón de que nuestros jueces entendieron en su día que la pena de privación de libertad que se le iba  a imponer por intentar reconstruir el brazo político de la banda terrorista ETA merecía ser complementada con otra adicional por la que se le apartaría del ejercicio de cargos representativos durante un tiempo suplementario.

Es así de sencillo, y es así de lógico. Y sobre todo, es así para todos. Si no, que se lo pregunten al candidato popular a ‘lehendakari’ Alfonso Alonso, que la pasada semana hubo de presentar su dimisión como Ministro de Sanidad para concurrir a las elecciones. Lo hizo sin ruido ni aspavientos, sin ponerse delante de los micrófonos para clamar contra la tremenda injusticia de no poder ser candidato sin antes tener que renunciar al trabajo que le da de comer a sus hijos, y –sobre todo– lo hizo sin que nadie se compadeciese de él, ni clamara contra el excesivo garantismo de la ley electoral. Lo hizo porque la ley se lo exigía, y punto.

Qué bueno sería que en esta nueva etapa de su vida Arnaldo Otegui aprendiera a respetar la ley. Su tránsito de secuestrador a legislador se haría así infinitamente más creíble.

Einstein no comía guisantes

Posted onagosto 17, 2016 
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Einstein

Agárrense bien a la silla si no quieren caerse de culo, y prepárense para escuchar algo que va a cambiar por entero el sentido de su existencia, o cuando menos a alterar para siempre la imagen que tenían de uno de los más importantes genios de la especie humana: a Einstein no le gustaban los guisantes.

Confieso que la noticia me ha sacudido. Tanto, como saber que a Antonio Banderas se le ha empezado a caer el pelo (a la tierna edad de cincuenta y seis tacos), que la famosísima Miley Cyrus viaja en compañía de un juguete sexual, que Burkina Faso ha prohibido la exportación de burros a China, que una iguana intentó comerse una bola de golf durante un torneo celebrado en Puerto Rico, o –cuidado, que ésta viene recién salida del horno– que Genghis Khan se aprovechó del clima para conquistar Asia. Noticias todas ellas halladas sin demasiado esfuerzo en los diarios y digitales españoles de las últimas semanas. Por cierto: no me digan que no era un listo, este Genghis.

No se si es que –como sostienen los más veteranos en el oficio– el papel de imprenta es tan sufrido que aguanta todo lo que le eches encima, o si se trata de la típica reacción de los medios ante la ausencia de noticias de peso propia del paréntesis veraniego, yo diría que especialmente discutible en un agosto como este, con Olimpiadas en Río y sin gobierno en Madrid. O si, por el contrario, es la proliferación de medios digitales, capaces de almacenar y difundir un número ilimitado de datos, la responsable de que se haya diluido la –por otro lado discutible– frontera entre lo trascendental y lo anecdótico. O si lejos de ser una cuestión estrictamente periodística, somos nosotros los que nos hemos convertido sin darnos del todo cuenta en una sociedad que, maltratada por los problemas cotidianos, busca en los diarios más una forma de evasión que un medio de información. O si, sencillamente, nuestros editores piensan que el lector medio va a ser incapaz de entender noticias complejas, y prefieren darle otras más a tono con su capacidad de comprensión. Pero si un día como otro cualquiera permite tropezarse con todas esas genuinas chorradas –y algunas de mayor calibre que he desistido de referir– en el papel de nuestros diarios, es que algo va mal en esta sociedad.

Aunque tal vez no todo esté perdido: hace algún tiempo leí que en la ciudad rusa de Rostov del Don un hombre recibió un disparo –por fortuna, sin consecuencias– en el transcurso de una acalorada discusión con un amigo en torno a la “Crítica de la Razón Pura”. Confieso que la noticia me reconcilió con el género humano: aunque sea en un lugar tan remoto como Rostov, aun hay quien es capaz de tomarse en serio a Kant. No me digan que no es reconfortante. Especialmente si tenemos en cuenta que nuestro apasionado filósofo andaba mal de puntería.

Dimitar Mircev, in memoriam

Posted onagosto 13, 2016 
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Mircev

One of the many regrettable consequences that the inexorable passage of time and the slow transition from youth to maturity brings along is the progressive loss of friends, which by a simple law of life specially preys on those who precede us in age. The sense of loss, loneliness, and even helplessness, is even greater when the one who passes away turns out to be an old friend, one of those who were accompanying us in the long and winding road life for a significant stretch of it.

In the case of Dimitar Mircev (1942-2016), my sense of loss is further multiplied by two additional factors. One is that, though in recent days I have tried to force my already battered memory, I have been unable to remember when, thanks to whom, and under what circumstances we met for the first time. I am assured that it happened more than twenty years was ago, since I can vividly remember a visit with him to the battlefields of World War I in the Kobarid area, back in the summer of 1996, in the days when he served as Macedonian ambassador to Slovenia; and I also count on the material testimony of his valuable work on the then nascent political regime of Macedonia, which appeared in my first edited book on “The new political institutions in Eastern Europe”, back in 1997. But the lack of a date and place in which to set our first meeting generates the feeling that Dimitar had been there forever, and thus multiplies the feeling of loneliness for his unfortunate loss.

The other factor has to do with the fact that, besides being a good friend, Prof. Mircev was also a master in whose essays I learned many of the things I now know about Macedonia, and whose advice allowed me to approach in a much more efficient manner to its fascinating reality and its complex problems. What is truly extraordinary. In the academic world, still so traditional and hierarchical, the condition of friend and master very seldom appear together. Being a master implies a difference of age normally unbridgeable, plus a hierarchy in the academic position which is normally difficult to reconcile with friendship. Never was that the case between Dimitar Mircev and me: despite the 23 years that separated us –half a lifetime!–, and although in his company my attitude was always that of listening before speaking, and learning more than debating, in Dimitar Mircev I always found the affable, respectful, courteous treatment that one gives to whom he considers his equal, and which I started to enjoy even when I was just a young researcher eager to learn, and he was a veteran professor with a long history of recognitions. A deal on equal terms which had only one single exception, already in the very last years of his life, and certainly in a direction that I could never have imagined: when he put his considerable academic authority to work in order to obtain for me the status of Professor Honoris Causa by the University of St. Cyril and St. Methodius. The fact that a professor of his academic stature thought of me for such a remarkable distinction, became a distinction in itself, that I cherish as much as the award itself, and that I never thank him enough.

Academics always say, in circumstances like these, that those who have passed away have still left us the best of their talent: the legacy of their work, which now has to be read and disseminated. But though I share this idea, I still think that what Dimitar Mircev left us to learn from is much more important than what he left reflected in his books and papers:  it is how you can become a master, while still being a friend.

Tres son multitud

Posted onagosto 10, 2016 
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Pacto Botánico

Por más que la reciente remodelación del Consell nos haya sido presentada en clave eminentemente interna, tanto el momento de su anuncio como el de que ella se haya traducido en un incremento del número de altos cargos alimentan la sospecha de que en los cálculos de Ximo Puig y Mónica Oltra ha pesado un propósito tan importante o más que el antedicho: el de lanzar el mensaje de que Podemos no va a entrar en el ejecutivo autonómico, ni hoy, ni mañana, ni pasado. Aunque a decir verdad, no creo que hiciera falta una crisis de gobierno para dejar claro algo tan obvio.

Podemos no va a entrar en el Consell porque en política, como en tantos otros aspectos de la vida, dos son compañía… pero tres son multitud. Con un Compromís ávido de tocar poder después de toda una vida en la marginalidad, y un PSPV con mono de cargos públicos tras dos décadas en la oposición, y que cada vez ve más lejana la posibilidad de colocar a sus cuadros en el Gobierno nacional, solo faltaría tener que sentar a un tercer socio en el Consell como para desatar el caos. Definitivamente, en la Comunidad Valenciana no hay suficiente moqueta para tantos zapatos.

Podemos no va a entrar en el Consell porque es muy poco probable que ello fuera a suponer una mejora en su estabilidad. Hasta la fecha, lo que Podemos ha venido proporcionándole a Puig ha sido lo que en el argot político llamamos “un apoyo crítico”. Esto es: un apoyo fiable en lo esencial, pero no exento de sorpresas, críticas puntuales y esporádicas disensiones. Si su entrada en el Consell trajera aparejada una estricta disciplina de voto dentro y fuera de Les Corts, la cosa podría resultar interesante para Puig en términos de paz social y estabilidad parlamentaria: solo que la obediencia ciega es algo que Podemos exige a sus militantes, pero que no suele practicar con sus aliados.

Y Podemos no va a entrar en el Consell porque en estos momentos ninguno de sus dos socios desea tenerle más cerca de lo que ya lo tiene. Podemos se ha revelado como una dura competencia para el Partido Socialista, y lo va a ser más a medida que la legislatura recién inaugurada les obligue a disputarse el status de azote principal del Gobierno Rajoy. De modo que su entrada en el Consell le daría una proyección pública y una imagen de partido de gobierno que Ximo Puig a buen seguro lamentaría en la cita con las urnas del 2019. Pero es que tampoco a Compromís le conviene tener a Podemos en el Consell: mientras el predicamento de Oltra sea superior al de Montiel –y ello depende no poco de estar en el gobierno– Podemos seguirá constituyendo el aliado que Compromís necesita, y no el competidor que todos temen. Y es que para entrar en el Consell a Podemos le ayuda tan poco ser el aliado de Compromís, como ser el adversario del PSPV.

Envejecimiento prematuro

Posted onagosto 3, 2016 
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DirigentesPodemos

Reconozcámoslo: al Partido Popular le ha costado bastante tiempo –buena parte de él instalado en lo más alto del poder central, autonómico y municipal– y mucho dinero –varios millones de euros, hábilmente repartidos– hacerse con la condición de epítome de la corrupción que a día de hoy domina la percepción que de él tienen los varios millones de españoles que desearían verles lejos del gobierno. Y más tiempo todavía le costó al PSOE convertirse en el partido de la corrupción cronificada. De hecho, quienes ya peinamos canas aun recordamos cuando allá por el año 1979 los socialistas pudieron celebrar el centenario de su fundación atribuyéndose sin sombra de rubor “100 años de honradez y firmeza”: algo que incluso teniendo en cuenta que 92 esos cien años los pasaron lejos, muy lejos, de cualquier centro de poder, no dejaba de ser meritorio.

Por el contrario, los jóvenes e impetuosos líderes de Podemos, parecen empeñados en recorrer ese camino que los partidos tradicionales tanto tardaron en culminar con la misma urgencia con la que aspiran a revolucionar nuestro sistema político y a revitalizar nuestras caducas instituciones. Los datos son contundentes: en sus apenas dos años de vida, la formación morada ya ha visto cómo su Secretario de Organización Pablo Echenique ha sido pillado en fuera de juego por no pagar la seguridad social de un empleado suyo; cómo su ex número tres Juan Carlos Monedero ha sido duramente sancionado por su Universidad a cuenta de sus bienpagados informes para la Alianza Bolivariana; cómo su número dos Íñigo Errejón fue sorprendido cobrando una beca cuando nadie en la universidad que se la concedió le había visto jamás el tupé; y cómo las propia finanzas del partido se hallan bajo sospecha –por favor: que nadie se ponga exquisito pidiendo una resolución judicial condenatoria ¿acaso no estamos estamos en la España de los juicios mediáticos?– de haberse nutrido en sus primeros pasos del inagotable caudal del petróleo venezolano. Y ello por no mencionar ese creciente rosario de pequeños chanchullos que ya han empezado a salpicar a las organizaciones regionales de Podemos, y que entre nosotros llevan los nombres de Peremarch y Belmonte.

Se me dirá, claro está, que los mil y pico euros defraudados por Pablo Echenique apenas son calderilla comparados con las cifras de vértigo manejadas en casos como los de Bárcenas, Blasco o Rus, y una mota de polvo en relación con el escándalo de los EREs. Pero frente al argumento de que la corrupción es un problema cuya gravedad depende básicamente de su cuantía, se interponen los argumentos contrarios del tiempo, la intensidad y la oportunidad. Cuando los líderes de un partido roban –permítaseme utilizar este verbo en su sentido más laxo– con tanta rapidez y de una manera tan generalizada, y cuando lo hacen antes incluso de haber llegado a administrar un solo céntimo de dinero público, no queda más remedio que concluir que la nueva política se ha tornado vieja muy, pero que muy deprisa.

El dilema ¿moral? de la abstención

Posted onjulio 27, 2016 
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Votando

¿Se imaginan una partida de póker en la que las cartas fueran repartidas boca arriba, y cada jugador pudiera saber desde el primer momento qué mano tienen sus contrincantes? No solo sería el envite más aburrido del mundo, sino que sería también el más breve: bastaría una mirada de reojo para constatar quien tiene mejores cartas para que todos los demás jugadores arrojaran las suyas sobre el tapete y se pusieran a otra cosa.

Y ahora ¿se imaginan que en este mismo contexto, uno de los jugadores con peores cartas se atreviera primero a iniciar, y luego a seguir elevando las apuestas? ¿O, rozando todavía más de cerca el absurdo, instara a quienes no tienen sino una miserable pareja de treses, o un modesto trio de seises a plantarle cara a quien cuenta con una escalera de color?  ¿O que acusara de oscuras connivencias con el ganador de la mano a quienes, constatada la inferioridad de su juego, prefirieran retirarse del mismo antes de perder el tiempo, el dinero y la vergüenza?

Pues esta absurda situación es la que llevamos viviendo desde que el 26 de junio las urnas revelasen que si bien Mariano Rajoy no tenía ya el insuperable repoker de ases que los electores le asignaron en el 2011, sí contaba –y con diferencia– con la mejor mano de la mesa. Lo que en un país en el que no puede haber más que un Presidente del Gobierno, equivalía a decir que no había ni hay alternativa posible a su investidura.

El problema radica en la estrategia de demonización del Partido Popular puesta interesadamente en marcha desde la izquierda española en los ya lejanos tiempos del “no a la guerra”. Una estrategia que necesariamente aboca a la justificación de cualquier pacto –si “los números dan” poco importa que éste sea políticamente injustificable, o técnicamente inoperante– con tal de mantenerle en la oposición, y que de propina impone el sambenito de cómplice necesario del mal absoluto a quien por las razones que sean no se avenga a participar en el mismo. Así las cosas, lo que se espera de un buen demócrata no es ya que se niegue a apoyar expresamente al Partido Popular, sino que participe activamente en la conformación de una alternativa –sea cual sea– a sus propuestas, de modo que incluso la simple abstención en una votación de investidura como la que se aproxima constituiría una intolerable complicidad con esa manifestación postmoderna del mal absoluto que en este discurso representa la candidatura de Mariano Rajoy.

Y no: una abstención no es un apoyo, ni mucho menos implica complicidad. Ni tan siquiera simpatía. Una abstención no es sino la constatación de que las urnas han arrojado un veredicto al que si no es políticamente asumible sumarse, tampoco es democráticamente aceptable resistirse. La constatación, en suma, de que otro tiene mejores cartas y no es momento de perder ni el tiempo, ni el dinero ni la vergüenza.

Retratándose

Posted onjulio 20, 2016 
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Rajoy y Rivera

A diferencia de lo sucedido durante las reuniones a puerta cerrada de las últimas semanas, en las que los líderes de los principales partidos se limitaron a hacer declaraciones de intenciones y a practicar sin despeinarse el popular arte del postureo, para la conformación ayer de la nueva Mesa del Congreso unos y otros han tenido que retratarse bien a las claras, y que poner de manifiesto papeleta en mano cual va a ser su posición de partida en la legislatura que acaba de comenzar. Y esa inaplazable cita con la realidad nos ha dejado algunas interesantes instantáneas.

La primera y más importante de ellas tiene como protagonista a un Partido Popular que por fin parece haber descubierto las bondades del diálogo –aunque de momento solo Ciudadanos les quiera coger el teléfono–, y haber entendido que la clave para que éste sea fructífero radica en poner sobre la mesa propuestas tentadoras acompañadas con nombres de reconocida solvencia y expediente inmaculado.

En la segunda aparece Ciudadanos, quien a su vez parece haber entendido que, en política, el lugar de los principios está exactamente allí donde los partidos tradicionales hace décadas que lo pusieron: justo detrás de donde se diseñan las estrategias, y muy lejos de donde se colocan los intereses de partido. Si hace unos meses los de Rivera descubrieron que la separación de poderes se reforzaba cuando el presidente del Congreso y el del Gobierno pertenecían a partidos distintos, ayer constataron que hacerse con dos puestos (de nueve) en la Mesa del Congreso cuando se cuenta con 32 diputados (de 350) es un negocio demasiado redondo como para dejarlo pasar. Y luego hablarán de limitar por ley el valor de los regalos a los políticos…

Luego está Podemos, cuya sed de poder solo es comparable con su falta de escrúpulos político y éticos. La ausencia de los primeros, acreditada por su fallida intentona de sumar a los nacionalistas catalanes –¿que importa que unos fueran hasta ayer mismo el partido del 3%, o que ambos quieran romper unilateralmente con España?– a la candidatura de Xavier Domènech, y la falta de los otros por su envenenada oferta al PSOE de apoyar al candidato de la izquierda con más opciones de hacerse con la Presidencia del Congreso …mientras maquinaban a sus espaldas la manera de dejar a Patxi López con un palmo de narices. Y Compromís, cuyos diputados, arreglados pero informales, eligieron para su rentrée una discreta camiseta en tonos grises.

Y, por último, los ex de Convergència, que a las veinticuatro horas de reafirmar por enésima vez su voluntad de declarar la independencia de Cataluña, van y presentan a Quico Homs nada menos que como candidato a la Presidencia del Congreso de los Diputados, y que a buen seguro estarán mañana mendigando un par de diputados para formar grupo parlamentario propio. Definitivamente, quien dijo que no se podía estar en misa y repicando las campanas no conocía a esta gente.

Adéu, Convergència, adéu

Posted onjulio 13, 2016 
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PDC

Convergència Democràtica de Catalunya ha muerto. El óbito se produjo el pasado viernes con ocasión del 18º Congreso del partido, que el próximo mes de noviembre habría cumplido 42 años; y ha sobrevenido tras una larga enfermedad cuyos primeros síntomas se hicieron patentes en el 2012, y en el transcurso de la cual había perdido buena parte de su identidad, de su memoria, de sus votos, de sus aliados, y hasta de su patrimonio. La fallecida estuvo acompañada hasta su último suspiro por su primogénito Artur Mas, que permaneció en todo momento indiferente a los insistentes rumores sobre su implicación en la muerte del partido. Estuvieron en cambio ausentes su anciano padre Jordi Pujol –que a pesar de seguir gozando de buena salud, se deja ver en público cada vez menos– y su hermano menor Josep Antoni Durán i Lleida, en paradero desconocido desde que perdiera su escaño en diciembre del pasado año. No son previsibles manifestaciones de duelo en lugar alguno de Cataluña, y solo la Monja Caram ha encargado –sin mucha convicción, por otra parte– unas misas por su eterno descanso.

Bromas aparte, lo cierto es que la disolución de Convergència va a ser llorada por muy pocos en Cataluña, y por casi nadie en el resto de España. El otrora ‘pal de paller’ del nacionalismo catalán hacía tiempo que había devenido en una formación descabezada  –nadie sabe a ciencia cierta quien manda en ella–, desnaturalizada –ha concurrido a cada una de las cuatro últimas citas electorales con unas siglas distintas–, desnortada –su famosa hoja de ruta ha sido ya descrita como la rueda de un hámster–, descapitalizada –su sede esta embargada, y su deuda es estratosférica–, desbordada –por la competencia de quienes desde la derecha le roban su electorado más conservador, y desde la izquierda le arrebatan la bandera del independentismo– y hasta desmoralizada –por sus continuos escándalos de corrupción–, a la que todavía le aguarda el golpe de gracia de quedarse sin grupo parlamentario en Madrid por primera vez en su historia.

Pero para quienes podemos presumir de una cierta perspectiva en el análisis de nuestra historia más reciente, la desaparición de Convergència nos ha de dejar cierto un poso de amargura. Y es que durante muchos años –de hecho, durante sus mejores años– Convergència fue un factor de estabilidad en Cataluña, y una pieza fundamental para su engarce con el resto de España: fue la formación que comprometió –no sé si sincera, o hipócritamente– al nacionalismo con el autonomismo, quien brindó sentido al proceso de construcción de la España de las Autonomías, quien vertebró políticamente a la clase media de Cataluña, quien sostuvo –otra cosa es a qué precio– a cuantos gobiernos precisaron de sus votos, y hasta quien brindó un ejemplo de pragmatismo y moderación a otros nacionalismos más montaraces. Esa es la Convergència a la que, desde una sustancialísima discrepancia, echaremos de menos en el futuro. De hecho, la que ya llevábamos años echando de menos.

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