El honor de Camps. Y su futuro
Posted onenero 28, 2012
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Reconozco que después de haber seguido el juicio contra Francisco Camps y Ricardo Costa con una mezcla de vergüenza propia –la que me genera mi condición de valenciano– y ajena –la que me suscitó la troupe de impresentables malandrines de los que se rodearon en su día los acusados–, de tedio ante las interminables sesiones de testimonios, y de asombro ante sus no menos interminables contradicciones, aun me han quedado ánimos estos últimos días para quedarme a escuchar algunas de las reacciones a la sentencia absolutoria del jueves pasado.
De todas ellas, creo que la más pintoresca ha sido –ahí, conociendo a personaje, uno juega sobre seguro– la de Gaspar Llamazares, quien se lamentó de las deficiencias de una “justicia humana” que a veces se torna “injusticia”, no sé bien si anhelando otra forma de justicia más elevada –¿la divina, quizás?– u otra más terrenal todavía, tipo “la ley de la selva”. Pintoresca, digo, porque manda huevos que después de un proceso en el que todos –policía, fiscales, instructores y jueces, amén de medios y partidos– han contribuido con su correspondiente clavo a la crucifixión de Camps y Costa, sea un diputado comunista quien se queje de que haya sido precisamente el pueblo, representado por esos seis hombres y tres mujeres que integraron el jurado, el único elemento del complejo engranaje procesal reacio a entrar al trapo de la acusación.
Pero si la reacción más pintoresca fue la de Llamazares, la más enigmática ha sido la de Dolores de Cospedal: “¿Quién repone ahora la honorabilidad de Camps y Costa?”. Enigmática, digo, porque en puridad la honorabilidad de Camps y de Costa era lo único que el jurado popular le había ya repuesto a ambos procesados con su voto de no culpabilidad. Todo lo demás –su buen nombre, su imagen mediática, sus cargos en el partido y sus responsabilidades institucionales: su presente y su futuro político, en suma– quedaba y queda todavía hoy pendiente de serles restituídos, y en ello es bien evidente que a la todopoderosa secretaria general de los populares le corresponderá hacer algo más que encogerse de hombros y mirar al tendido. Máxime cuando, según dicen las malas lenguas, ella no fue del todo ajena a la decisión de poner tierra de por medio entre los dos procesados y un Mariano Rajoy que allá por el mes de julio del pasado año empezaba a divisar el final de su particular travesía del desierto.
De momento, unos y otros parecen decididos a refugiarse ora en la ambigüedad –“Camps cuenta en el PP como cualquier otro lider”–, ora en la retórica pastoril –enmarquenme, por favor, eso de que “El agua de los ríos nunca vuelve para atrás, pero puede regar otros campos”–. Pero uno de estos días alguién tendrá que responder con claridad a la pregunta que Dolores de Cospedal no se quiso hacer: ¿quién repone ahora el futuro de Camps y Costa?
Manuel Broseta, memoria fecunda
Posted onenero 22, 2012
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Que en una sociedad democrática bien articulada el recuerdo de las víctimas del terrorismo debería estar permanentemente presente, sirviendo a la vez como modelo de conducta y como recordatorio de qué líneas no es posible traspasar, constituye un aserto más sencillo de enunciar que de implementar. Por desgracia, son muchas las víctimas cuya memoria ha ido paulatinamente desdibujándose, hasta acabar quedando circunscrita al estrecho círculo de sus familiares y amigos, y muchas otras cuyo nombre apenas si sale a la palestra en aniversarios u homenajes, a menudo más rituales que genuinamente sentidos.
En realidad, se podrían contar casi con los dedos de una mano las víctimas del terrorismo que han logrado dejar tras de si –normalmente, como consecuencia del empeño tozudo de algunos de sus más allegados– un legado fecundo y no solo testimonial, y una memoria que haya ido creciendo y no menguando con el paso del tiempo. Entre ellos es difícil que no nos vengan a la memoria los nombres de Miguel Ángel Blanco, Francisco Tomás y Valiente, Ernest Lluch o Manuel Gimenez Abad. Y mucho más difícil que nos pase desapercibido el de Manuel Broseta.
Y es que si la trayectoria vital y el legado académico y político de Manuel Broseta fueron vastísimos, tanto –o quizás más– lo ha sido a lo largo de los veinte años transcurridos ya desde su muerte la ejecutoria de la Fundación y de la Asociación de Amigos que llevan su nombre, fundadas ambas apenas unos meses después de aquella fatídica mañana de enero de 1992.
Iniciativas de ya larga tradición como su prestigioso Premio de Convivencia o su Premio de Estudios Jurídicos Universitarios, han hecho que el nombre de Manuel Broseta haya quedado ligado, de una parte al de varios de los más caracterizados protagonistas de nuestra historia más reciente –baste recordar que sus cuatro últimos galardonados han sido Javier Solana, Mihail Gorbachov, Nicholas Sarkozy y S. M. El Rey Don Juan Carlos–, y de otra al de las más prometedoras trayectorias académicas de nuestras universidades. Mientras que el constante trabajo de sus Secciones de Estudios Políticos y Autonómicos, de Estudios Mercantiles, y de Convivencia Cívica han generado ya una valiosísima serie de conferencias, congresos, y publicaciones del máximo nivel, que han contribuido no poco a actualizar el estudio de tres de las preocupaciones que más definieron a trayectoria vital de Broseta: nuestro sistema autonómico, el Derecho mercantil, y la convivencia entre los españoles. Por no mencionar la trascendental tarea de concienciación de las nuevas generaciones –en especial, las universitarias– en torno a la lacra del terrorismo llevada a cabo por la Fundación de resultas de su inequívoco compromiso con el mundo universitario.
Todo lo cual conforma una trayectoria que multiplica, actualiza, difunde y –sobre todo– fructifica el ya valioso legado de Manuel Broseta. A quien tanto le debió Valencia en vida, y –a lo que se ve– tanto le debe después de muerto
¡Bienvenido, Mr. Sala!
Posted onenero 15, 2012
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Acostumbrada a ser la sede de tantos y tantos “grandes eventos”, Valencia se convirtió el pasado viernes en la primera ciudad española en acoger un pleno del Tribunal Constitucional fuera de su sede habitual de Madrid en las ya más de tres décadas de vida de la institución. Durante sus dos jornadas en nuestra ciudad, los magistrados del alto Tribunal visitaron el Tribunal de las Aguas –que aprovechó para otorgar a su presidente, el valenciano Tomás Sala, su característico blusón y su medalla de plata– la Lonja, el Mercado Central y el Ayuntamiento; departieron con la alcaldesa y con el presidente de la Generalitat; probaron el Agua de Valencia; e hicieron patente por activa, pasiva y perifrástica su profunda emoción por hallarse entre nosotros.
Pues bueno. Pues vale. Pues me alegro.
Me alegro, en primer lugar, de que bajo la batuta de su nuevo Presidente el Constitucional haya dejado atrás sus hasta ayer mismo profundísimas divisiones internas, y reine entre sus miembros tanta armonía como para venirse juntos de excursión a la playa, quien sabe –las crónicas periodísticas no nos lo aclaran– si montados todos en un autobús y cantando aquello –hoy tan políticamente incorrecto– de “si quieres ser conductor de primera / acelera, acelera”.
Y me alegro, en segundo lugar, de que el Constitucional haya también superado el grave atasco de casos que ha venido lastrando su funcionamiento casi desde su puesta en marcha, de modo que sus miembros estén por fin en condiciones de tomarse un par de días libres a orillas de Mediterráneo, especialmente en unas fechas como éstas en las que el resacón navideño a buen seguro aconseja relajarse un poquito con el trabajo.
De lo que, en cambio, no me alegro tanto, es de que entre nuestros veteranos magistrados haya tanta ingenuidad como para creerse que una visita como ésta, de institución en institución, y con las mismas oportunidades para acercarse a los ciudadanos de a pie que la Filarmónica de Nueva York en Pyongyang, sirva –como se nos ha dicho– “para dar a conocer la institución a la sociedad”. Ni de que haya quien piense que entre las más urgentes prioridades de nuestro alto Tribunal se cuente la de hacerse el simpático con alcaldesas y Presidents. Y entiéndanme bien: no es que considere que que ser insociable sea una cualidad; sencillamente me parece entre las que se espera posea un tribunal llamado a defender la supremacía de la Constitución la efectividad, la imparcialidad, y la independencia estén quizás muy por encima de esta suerte de profesión de fe en el buen rollito interinstitucional que parece haber inspirado esta pintoresca ocurrencia de Pascual Sala.
¿Poder valenciano?
Posted onenero 6, 2012
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No sé si el término fue o no acuñado por el bueno de José Luis Torró en su mítico programa –mítico al menos para quien suscribe, quien todavía imberbe hizo en él sus pinitos televisivos– en la ya desaparecida Valencia TeVe, pero lo cierto es que esa expresión de “el poder valenciano” forma ya parte de nuestro lenguaje político habitual. Y en esa condición recala periódicamente en columnas de opinión y tertulias de café cada vez que se produce un cambio en el ejecutivo, para ser usada a modo de termómetro de la influencia que los valencianos ejercemos sobre la política nacional.
O de la que no ejercemos. Porque, mal que nos pese, “el poder valenciano” hace ya mucho que anda de capa caída, y es en estos momentos no invisible sino directamente inexistente. Las cifras cantan: conocida la composición del primer Gobierno Rajoy, y cuando está además a punto de cerrarse la nómina de los secretarios de Estado que integrarán su segundo escalón, no hay en él más traza de valencianía que la que pudiera traerse en el alma José Manuel García-Margallo –madrileño de nacimiento, licenciado en Deusto, Master en Harvard, y profesor en San Sebastián pero, eso sí, tres veces diputado por Valencia y con casa en Jávea–. Lo que está lejos de constituir una presencia significativa, y mucho menos acorde ni con el peso de la Comunidad Valenciana en el conjunto de España, ni con la aportación del PPCV al triunfo de Mariano Rajoy en las elecciones de 20-N.
Un desfase que dista de ser novedoso. Sólo 14 de los 189 ministros nombrados en nuestros 34 años de democracia han sido valencianos. Y si descartamos aquellos cuya valencianía no pasaba de una línea en su carné de identidad y una casona derruida en Beneixida –caso de Teresa Fernández de la Vega–, y aquellos otros que pasaron por Moncloa poco más que de visita, nos toparemos con que el número de los valencianos auténticamente influyentes en nuestros ejecutivos se reduciría a esa esa cortísima lista que integran los nombres de Fernando Abril Martorell, Pedro Solbes, Carmen Alborch, Jordi Sevilla, Federico Trillo y Eduardo Zaplana –los dos últimos, curiosamente, naturales de Cartagena.
Lo novedoso es, en cambio, que ya no quede nadie para quejarse de ello. Unos –los socialistas– por esa mínima dosis de vergüenza torera que aconseja no mentar a estas alturas la bicha de la influencia valenciana en Madrid. Y los otros –los populares– en parte por no querer meter el dedo en el ojo de Rajoy a las primeras de cambio, y en parte por creerse a medias eso de que los gobiernos deberían conformarse al resguardo de las cuotas territoriales. De modo una legislatura más, los valencianos seguiremos poniendo los votos, y los demás, los ministros y los Secretarios de Estado. Y todos tan contentos.
Kiro Gligorov (1917-2012): Primer Presidente de Macedonia
Posted onenero 6, 2012
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Para un país tan joven como Macedonia, que apenas unos meses atrás celebraba con entusiasmo sus primeros veinte años de vida como Estado independiente, la figura de su primer Presidente Kiro Gligorov –fallecido este 1 de enero, a los 94 años de edad– venía constituyendo lo más parecido a lo que entre nosotros conoceríamos como “el padre de la Patria”. A la vez que para una sociedad tan frecuentemente dividida por confrontaciones étnicas o partidista, su figura –primero, plena de autoridad; más tarde eminentemente paternal; y en sus últimos años de vida, en extremo frágil– constituía un inestimable nexo de unión entre todos los macedonios, al ser uno de los pocos personajes públicos del país capaz de suscitar la admiración a la vez de nacionalistas y de socialdemócratas, de eslavos y de albaneses.
Nacido en 1917 en la pequeña localidad de Stip, Gligorov curso estudios de Derecho en la Universidad de Belgrado. La Segunda Guerra Mundial le sorprendió ejerciendo la abogacía en Skopje, cometido que abandonó de inmediato para unirse a la resistencia, convirtiéndose en uno de los principales promotores de la Asamblea Antifascista para la Liberación Popular de Macedonia (ASNOM), organización clave a la vez en la lucha contra la ocupación nazi y en la vertebración de la identidad nacional de Macedonia en la Yugoslavia Socialista. Durante los años del titismo Gligorov ocupó una amplia variedad de puestos mayormente representando los intereses de Macedonia en el marco de las instituciones federales, destacando por su defensa de las reformas económicas en los años sesenta y –ya bajo el liderazgo reformista de Ante Markovic– en la de los ochenta.
En enero de 1991 Gligorov se convertiría en el primer presidente democráticamente elegido de Macedonia y, como tal, en el principal artífice de su independencia, pacíficamente proclamada tras el abrumador resultado del referéndum del 8 de septiembre de aquel año. Durante este primer mandato, Gligorov revalidaría su acreditada fama de estadista al mantener al país al margen de la espiral de violencia que se estaba desatando en el resto de la antigua Yugoslavia, al tiempo que sorteaba las dificultades generadas por el bloqueo económico griego, lograba el paulatino reconocimiento internacional del nuevo Estado, y contribuía al desarrollo de sus instituciones democráticas. Su segundo mandato, momentáneamente interrumpido por el brutal atentado del 3 de octubre de 1995 –del que salió milagrosamente vivo, pero con ostentosas cicatrices en su rostro– prolongó su presidencia, ya en un contexto más favorable, hasta noviembre de 1999.
Eclipsado quizás por el mayor protagonismo de algunos otros integrantes de esa singularísima generación de líderes que protagonizaron aquellos días complejos de la disolución de Yugoslavia, como el bosnio Alija Izetbegovic, el croata Franjo Tudjman, o el serbio Slobodan Milosevic, la trayectoria de Gligorov merita en cambio singularizarse respecto de la de estos por haber permanecido de principio a fin ajena a las lacras del enfrentamiento interétnico, de la deriva autoritaria y –cómo no– de la pulsión genocida. Lo que, en el mundo en el que le tocó vivir, no fue poca cosa.
Prestidigitadores en el Congreso …y jugadores de poker en la Zarzuela
Posted ondiciembre 18, 2011
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Si algún iluso había llegado a pensar que el mensaje que desde el 15M llevan los ciudadanos queriendo hacer llegar a la clase política española –seriedad, altura de miras, responsabilidad…– había de alguna manera calado en ésta, o que la relativa emergencia de los partidos minoritarios patentizada por los resultados del 20N iban a dar paso “otra forma de hacer política”, es más que probable que a estas alturas ande ya camino de salirse de su error.
Y es que no ha hecho falta siquiera que la nueva legislatura se haya puesto a trabajar para constatar que, diga lo que diga la calle, la clase política va indefectiblemente a la suya. De hecho, ha bastado con que las cámaras se hayan constituído para que éstas nos brinden –supuestamente gratis– un espectáculo más propio de una pista de circo que de un hemiciclo parlamentario: Amaiur dejándose a su diputado por Navarra escondido en el guardarropa del Congreso para poder formar así grupo parlamentario; la Mesa de la Cámara oponiéndose a ello sin más apoyatura jurídica que la contenida en un informe de dos folios y medio sin fecha, firma ni membrete; la exsocialista Rosa Díez sumando sus escaños al del partido del expopular Álvarez Cascos con idéntico propósito; los parlamentarios de Esquerra adhiriéndose a los de Izquierda Unida para formar grupo, cobrar las subvenciones por el envío postal de propaganda electoral, y marcharse acto seguido a Mixto; o, en fin, los once diputados de esta última coalición conformando un grupo tan plural que su denominación va a ser casi más larga que el listado alfabético de sus integrantes, y que a falta de uno que hable por todos plantea subir al estrado a tres portavoces, tres, para darle la replica Mariano Rajoy. Sin duda, una colección de prestidigitadores, funambulistas y tragadores de sables que puestos bajo una carpa harían las delicias de la chiquillería estas Navidades pero que sentados en los escaños del Congreso dan como bastante vergüenza.
Y, de propina, la cara de poker con la que no pocos de ellos han acudido estos días a la Zarzuela, al parecer sin haberse enterado de que si la Constitución ordena al Rey evacuar consultas con las fuerzas parlamentarias antes de proponer a un candidato para la Presidencia del Gobierno no es para que éstos se hagan una bonita foto con él sino para que le pongan de manifiesto su posición al respecto. Y de que, en consecuencia, llegarse a Palacio para decirle “Majestad, mi grupo aun no sabe que va a votar en la investidura, pero aquí de dejo una carpetilla con nuestras reivindicaciones” es, como mínimo, una falta de respeto. Hacia el Rey, y hacia la Constitución. Bien empezamos…
¿La Europa que esperábamos?
Posted ondiciembre 11, 2011
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En algunas latitudes más –al otro lado del Atlántico – o menos –al otro lado del Canal– lejanas, la veteranía sigue siendo un grado y no un indicio de decrepitud. Lo que aplicado a las leyes, y especialmente a las que fundamentan el orden político de un país, se traduce en una precavida desconfianza respecto de las fórmulas pretendidamente milagrosas, en una profunda aversión por las ocurrencias de última hora, y en una sabia veneración por las leyes que han demostrado su capacidad para sobrevivir al paso del tiempo.
Ciertamente, no es ese el caso en nuestra Europa. Prueba de ello es la algazara con la que de ordinario se saluda cualquier reforma en nuestro sistema de gobierno, automáticamente tildado de “avance”; o en la prontitud con la que políticos, medios y analistas se apresuran a etiquetarlo como el acta de nacimiento de “la nueva Europa” olvidándose –y queriéndonos hacer olvidar–, que esa Europa que se disponen a enterrar había sido ella misma nueva, prometedora, y llena de futuro apenas unos pocos años atrás.
Echemos sino la vista atrás, y comprobaremos cómo esa suerte de mercancía tarada que es la “nueva Europa” ya nos fue vendida en 1992 con el Tratado de Maastricht, para luego sernos sucesivamente revendida en el 97 con el Tratado de Amsterdam, en el 2001 con el de Niza, y en el 2007 con el de Lisboa –a lo que se ve, prematuramente envejecido pese a que no hayan transcurrido sino dos años desde su entrada en vigor
Resulta por lo tanto difícil de creer que lo que se acaba de pactar en Bruselas vaya a ser la solución a ningún problema, y menos aun el punto de arranque de ningún futuro. Primero, porque está por ver que cuanto han pactado los poderosos de Europa resista el juicio de sus ciudadanos: no ya porque unos cuantos de estos gobernantes habrán de dar cuenta de su gestión en breve ante sus electores, sino porque la necesidad de insertar en las constituciones de “los 27 menos Gran Bretaña” la regla de oro del equilibrio presupuestario podría deparar alguna sorpresa en aquellos contados países que se toman la reforma de sus constituciones un pelín más en serio que nosotros. Y segundo, porque el pacto de Bruselas no ha sido sino una vuelta de tuerca para salvar la economía de la eurozona a base de más controles, más centralización, más burocracia y más correctivos, y en el que la reivindicación de más democracia, más derechos, mayor presencia internacional y mayor cohesión social ha sido, una vez más, olímpicamente ignorada.
En suma… ignoro si la batería de medidas pactadas esta semana en Bruselas acertarán o no a salvar nuestras economías. Pero sí sé que la Europa que han pretendido alumbrar ni es nueva, ni es la que esperábamos.
Ni fundaciones, ni langostinos
Posted ondiciembre 5, 2011
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Dice la sabiduría popular que rectificar es de sabios. Desde luego, lo es más que empecinarse tozudamente en el error, agravando sus consecuencias. Pero –aunque el refranero, por naturaleza conciso en sus aseveraciones, no llegue a ese nivel de detalle– más que rectificar a tiempo, lo que verdaderamente acredita la sabiduría es no haberse equivocado en su día.
Lo digo al hilo de las ciertamente sabias medidas de contención del gasto público que prácticamente desde el día de su toma de posesión ha venido poniendo en marcha el ejecutivo presidido por Alberto Fabra. Medidas –justo es reconocerlo– que ya inició Francisco Camps en los últimos compases de su mandato, y que en los últimos días han venido a la vez en la forma de grandes recortes y de pequeñas propuestas de ahorro, que han puesto a la Generalitat a dieta de fundaciones, y a sus cargos públicos a dieta de langostinos.
Medidas oportunas, razonables y prudentes …que por eso mismo suscitan en el ciudadano medianamente crítico el inevitable interrogante de por qué no se adoptaron antes. ¿Acaso las administraciones públicas sólo tienen el deber de ser frugales en sus gastos en tiempos de crisis, mientras que es aceptable el despilfarro cuando la economía marcha bien y las arcas públicas están saneadas? ¿Acaso tener dinero para pagarlas es razón suficiente para crear instituciones manifiestamente prescindibles, o desdoblar la estructura burocrática de la administración?
Ciertamente no. Las administraciones públicas deberían ser tan frugales en sus gastos en tiempos de bonanza como en tiempos de crisis, y sus estructuras deberían ser las imprescindibles –nada menos, pero nada más que las imprescindibles– para brindar a los ciudadanos los servicios que constituyen su razón de ser, tanto en uno como en otro escenario.
Se ha dicho ya que la presente crisis económica, con todo su dramatismo y con toda su secuela de pequeñas y grandes tragedias personales, quizás pueda dejarnos para el futuro algún legado positivo. Que los consellers y demás fauna de nuestro bien complejo organigrama administrativo dejen de aprovechar las comidas de trabajo para experimentar las bondades de la nueva o la vieja cocina valenciana –o, si lo hacen, que lo paguen de su bolsillo, como todo hijo de vecino– seguramente sea una de ellas. Pero estarán conmigo en que es una lástima que no cayeran en la cuenta de que el dinero de los ciudadanos –poco o mucho, con déficit o sin él– donde debe estar es en el bolsillo de los ciudadanos. Mucho mejor que en la visa oro de sus representantes.
Para quitarse el sombrero
Posted onnoviembre 26, 2011
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Es sabido que en nuestra democracia –como en tantas otras de nuestro entorno– los electores votan fundamentalmente guiados por sus identificaciones ideológicas, y sólo secundariamente en función de cuán atractivos les resulten los líderes de uno y otro partido, de sus propuestas programáticas, o de la vistosidad de sus campañas. Entre este elenco de motivaciones para el voto, el nombre y la trayectoria cívica o política de las personas que integran las listas electorales es, las más de las veces, completamente irrelevante. De modo que, colocado en el lugar adecuado de la lista, un perro amarillo –por utilizar una divertida expresión de argot político americano– tendría en nuestro sistema las mismas posibilidades de ser elegido diputado que Julio César, Albert Einstein, o la Madre Teresa.
De ahí que con demasiada frecuencia, y olvidándose de que después de haber ganado unas elecciones toca gobernar –y después de haberlas perdido toca hacer oposición–, nuestros partidos elaboren sus candidaturas poniendo la influencia orgánica, la telegenia, o la popularidad de sus candidatables por delante de sus méritos, generando legislativos de calidad manifiestamente mejorable, en el que solo unos pocos hablan –y son menos aun los que piensan.
De ahí que constituya todo un ejemplo de sensatez que obliga a quitarse el sombrero, echar un vistazo a la nómina de cinco nombres –solo cinco …pero vaya cinco– que UPyD ha conseguido, al nada módico precio de un millón cientocuarenta mil votos, mandar al Congreso de los Diputados. Junto a Rosa Díez, cuya trayectoria en los legislativos de Vitoria, Estrasburgo y Madrid es sobradamente conocida, allá irán en nombre de la formación magenta un filósofo de talla más que estimable como Carlos Martínez Gorriarán (Movimientos cívicos, Una historia de la cultura del poder en el País Vasco, El arte vasco y el problema de la identidad…); un catedrático de Economía Aplicada como Álvaro Anchuelo; una ensayista y periodista tan valiosa como Irene Lozano (Lenguas en guerra, El saqueo de la imaginación, Lenguaje femenino, lenguaje masculino…); y, cómo no, un actor curtido a la vez en la televisión, el cine, y el teatro como Toni Cantó, flamante diputado por Valencia. Todo ello, amén de contar ya en el Parlamento Europeo con Francisco Sosa Wagner, ampliamente reconocido como uno de los más influyentes administrativistas de las últimas décadas.
Así las cosas, resulta dificil imaginarse cual pueda ser el techo de una formación que, si solo con Rosa Díez en el Congreso ha logrado en tres años cuadruplicar el número de sus votos y multiplicar por cinco el de sus diputados, va a contar a partir de ahora con este dream team parlamentario. Alguien en Ferraz, y quizás también en Génova, debería empezar a preocuparse seriamente.
El entierro del zapaterismo
Posted onnoviembre 21, 2011
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La derrota sin paliativos sufrida por el Partido Socialista en la cita del 20-N va a ser merecedora, sin duda alguna, de numerosas y contrapuestas lecturas.
A este respecto, apostaría a que no faltarán quienes en los próximos días traten de imponer una interpretación reduccionista, que ponga el acento sobre las carencias de Rubalcaba como candidato, o en la equivocada estrategia de su equipo de campaña. Como probablemente no faltarán tampoco quienes –seguramente desde otros foros– preferirán tirar por elevación, argumentando que es el Partido Socialista el que ha entrado en barrena o, más aún, que es la socialdemocracia europea la que como consecuencia de la crisis ha alcanzado un estado cuasi comatoso.
Aun teniendo su parte de verdad, creo que ambas explicaciones andarán sustancialmente erradas: la primera, por hacer recaer la totalidad de la responsabilidad por el naufragio del PSOE a quien a fin de cuentas solo ha capitaneado la nave en la última parte de su singladura, cuando ya las vías de agua eran imparables; y la segunda, por ignorar que una buena parte de los españoles siguen a pesar de todo identificándose con los ideales de la socialdemocracia y ubicándose ideológicamente en el centro-izquierda, donde se halla anclado el PSOE.
No: lo que los electores acaban de sepultar con su voto en la jornada electoral del 20-N no es otra cosa que el zapaterismo, entendiendo por tal esa peculiar forma de entender y hacer la política que implementó durante su primera –en mucha mayor medida que durante su segunda– legislatura el aun Presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero y su círculo de poder. Un estilo político caracterizado por la reescritura de la Historia y su utilización en clave política, el cuestionamiento de los orígenes de nuestra democracia, la politización de la sociedad y la ideologización de la política, la abominación del consenso y la deslegitimación de la disidencia, la utilización indiscriminada del poder para operar transformaciones en la sociedad, y el recorte –he dicho bien: el recorte– de las libertades de la mayoría, engañosamente compensado por una supuesta ampliación de los derechos de las minorías. Y todo ello envuelto en el papel de colores de sus continuas apelaciones al talante, el diálogo, la paz y el pluralismo, auténticos mantras de estos últimos siete años de gobierno.
Así las cosas tendrían que hacérselo mirar quienes piensen que la receta para recuperarse del batacazo electoral podría ser una nueva dosis de zapaterismo, administrada además por el propio Zapatero. Y es que aunque nadie –y menos yo– dude de que una mujer catalana esté en condiciones de dirigir al PSOE, sí que dudo de que pueda hacerlo un epítome del zapaterismo como Carme Chacón.










